Don Rafael lleva treinta y ocho años en la misma esquina.
La esquina cambió tres veces.
Cuando abrió en 1986, El Mirador era una colonia aspiracional. Después vino el centro comercial. Después se fueron los hijos. Después llegaron los hijos de los hijos. Don Rafael sigue subiendo la cortina a las siete.
La cortina sube a las siete. Don Rafael lleva treinta y ocho años haciendo el mismo movimiento — una mano sobre la otra, un tirón firme, el metal corrugado que se enrolla con un sonido que los vecinos reconocen sin mirar. Es un anuncio sin palabras: empezó el día en la calle 25 Poniente.
En 1986 El Mirador era una colonia aspiracional. Las casas eran nuevas, los árboles jóvenes, las familias que llegaban a vivir aquí venían con planes largos. Don Rafael abrió el café con doce mesas, una cafetera italiana de segunda mano, y la decisión — sin saber que era una decisión — de no apurar a nadie.
Después vino el centro comercial. Eso fue en el 98. La gente empezó a comprar los lunes lo que antes compraba todos los días en cuatro o cinco tiendas distintas. Cerraron la papelería, la tlapalería, la tienda de Doña Mela. La cafetería de Don Rafael no cerró — pero la mañana se hizo más corta. Los clientes pasaron de noventa a treinta.
La segunda transformación
En los 2010s los hijos se fueron. No solo los de la colonia — los hijos del país. A Estados Unidos, a Canadá, a la Ciudad de México. Quedaron las casas con dos personas adentro, las cocinas grandes para nadie, las escuelas con menos niños. Don Rafael abrió a las siete porque era lo único que sabía hacer.
Aquí no se viene a llegar. Se viene a quedarse un rato.— Don Rafael, café en la 25 Poniente · diciembre 2024
Una tercera generación, sin que nadie lo planeara
Hace cinco años empezaron a llegar otros. Los hijos de los hijos — algunos con sus computadoras, otros con planes de abrir librerías, talleres, espacios de trabajo. No vinieron a salvar la colonia. Vinieron porque la renta seguía siendo razonable, porque las cuadras eran caminables, porque las jacarandas de la 27 Sur ya tenían cuarenta años de altura.
Don Rafael los conoce. A Mariana, que abrió Almacén 27 frente a su cafetería. A los chicos de Estudio Norte que pasan a las nueve por su café antes de subir al coworking. Les sirve sin apurarse, igual que a los abuelos. La cortina sigue subiendo a las siete.
— La colonia cambió tres veces — dice — pero la calle es la misma. Lo que cambia son las personas que la usan. Y nosotros estamos aquí para servirles café.